
La vida, como acostumbráis a entenderla, no es más que una ilusión; la más bella, la más noble, la perfecta visión de algo que amáis, porque amáis la vida, vivir. En aquel lugar lejano y poco paralelo, la vida no transcurría así, no transcurría, no vivía. Allá lejos, las tibias tardes no se llenaban de atardeceres naranja, ni rojos, ni el sol se acunaba suavemente al filo de un horizonte eterno. Tampoco tiembla la semilla ante una furia ciega biselada en brisa, ni ante una indulgente ráfaga de cristalina belleza acuosa, líquida y fresca. No, allá no había nada de eso; solían burlar las noches los amaneceres, y dejábamos sin resolver cuánto amor nos atravesaba con la duda, y soltábamos las fieras vivas antes que cualquier sereno soneto. No se conocieron nunca las palabras, no se encontraron por ahí; las reemplazó una mente brillante, un espléndido sol negro que no necesitó jamás expresarse. En aquel lugar lejano, las mañanas no florecieron como pétalos bravos de armonía rebosantes, ni de lúcidos aromas floreciendo de entre los jardines, ¡no! qué decís, si el jardín botánico sobrepasó los sueños de unos y la belleza entera de otros. No, ni palabra de ello, las flores se dejaron para los funerales, si es que los hubiesen, pues la muerte es la más extraña y bienvenida de las visitas. De aquel lugar del que os hablo, intento y trato, no se parece en mucho al suyo, éste, tan alborotado no sé de qué. Las aves que surcan sus cielo son sólo aves, cuál el placer de ensalzarlas de prefacios que no os llevan a lado alguno, más que debajo de las mismas aves, de plumas cubiertas, feas. No, pero vosotros os empeñáis en capturar su vuelo en un instante, gélido, plasmado como mosca muerta en un papel, en una foto que colocáis detrás de sus narices, en caso de olvidar el respiro de ese momento, bajo unas aves feas. Allá no fotografían, no capturan, pues no se comprende ese afán vuestro de poseerlo todo, y si lo perdéis, imitarlo parecido, alcanzable, símil. Pues os complicáis la existencia, puesto que año próximo, las mismas aves hediondas a pluma surcarán los mismos cielos para recorrer los mismos lugares, de modo que vosotros os podáis fotografiar todos los años en el mismo sitio, y no os olvidéis ese soplo que os enamoró. En aquel lugar lejano -y ajeno-, valga contaros que no podéis comprar, pues como ya os de he dicho, ni palabras tienen y esperáis dinero. Dinero de ningún tipo, pues no se ha logrado asimilar aquel concepto vuestro de valor, de oro ni de costo. Os imaginaréis que no sé -ni creo comprenderos nunca- eso de dar para recibir, eso de ojos y ojos y dientes, ni qué diantres. Si pan queréis, pues pan haced, sino, morid de hambre - y de sed, os encargo la sequedad esa del pan amasado-.
En fin, de todos modos no os emocionéis tanto, puesto que de ninguna manera saldrán de este lugar suyo tan problemático- y cursi, si me lo permitís-. De manera que este monólogo es inútil y además, estúpido.