Las manos frías, los ojos abiertos, los pasos justos, la mirada hacia adentro. El cielo arriba, los pies abajo, el suelo tibio y los dos andando. La tarde lenta, cálida e incluso sonriente, se abre paso entre la gente lejana, sorda y a veces sola. Y aquí estamos tú y yo jugando a crecer, pensando en cómo se ama, tratando de no flaquear.
Dime que las hojas no se caen, dime que sólo las vota el viento. La mar serena, más no por eso menos brava, ruge cerca de tus ojos y su fuerza se refleja levemente en los míos. Nos miramos.
Volutas de humo blanco van quedando atrás y lejos de nuestros pasos; nos vamos yendo, tranquilamente el uno hacia el otro. No me importa, no tengo miedo. Sí, definitivamente pienso en rendirme. No, no es ése el sendero correcto. Bueno, entonces gritemos juntos.
Sentir y pensar acerca de realidades no es garantía de sabiduría, más bien es cheque a fecha de una gran confusión. Que no me mires te digo, que yo no sé mentir. Y tú no hablas y yo me callo, tragamos de forma simultánea las ganas de llorar. El cielo se nubla, el sol se cansa; se esconde lejos de los ojos curiosos, allá detrás de esa manta gris que nos enfría el día. Pero no hay prisa, aquí no llueve.
Las manchas negras dentro de tus ojos, no dejan cabos para atar; me miras lejos, de pronto río y tú no sabes de qué hablar. El ruido nuestro los deja sordos, sus gritos vuelan al pasar. Esas notas frías de tus recuerdos nos inundan en paseo; si tu preguntas yo respondo, si no respondo tú callarás.
Soñamos por las noches en aquellos días que ya no están, en esos otros que no vivimos ni pensamos concretar. El techo sube, los pensamientos bajan y el corazón late a prisa dentro de una jaula de cristal; déjame solo, no tengo prisa; déjame solo, hoy no quiero hablar.
Las verdaderas razones que nos mueven a determinadas acciones no están siempre relacionadas con el pasado personal o la realidad vivida; en algunas ocasiones no son más que escurridizas coincidencias de una brisa que no se controla, de esas risas que viajan hasta ti.
Detente, aligera el paso. Respira, no hay que correr. Arriba el cielo nubla el día, aquí me encandiló tu ser.
El arrepentimiento no es necesariamente franquicia de un perdón a largo plazo. No asegura un fin del rencor ni te hipoteca la saña ajena. ¿Servirán de algo entonces, todos los esfuerzos? La vereda se desborda y van las almas a pasear. ¡Qué bellas melodías, qué hipócritas al bailar! Y tú no ves y yo no siento, ni tu ni yo entendemos a cada cual. Si sólo sabemos que mienten, si sólo sabes de esa capacidad.
La frente baja, las manos juntas, esa sombra tuya bajo mis espalda. Mi cuerpo frío, las gotas frescas, el mundo entero de este primaveral. Y el viento sopla y el sol se nubla, y no sabemos por dónde empezar.
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